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April 2022

Lenten pruning leads to Easter glory

Recently, I stopped by a big home improvement store. The garden center was bustling with people shopping for flowers and plants. Happily, I sighed and thought, “Ah, spring is in the air!”

One of my favorite images in the Bible is that of the garden. It not only  reminds us that we reap what we sow. But also, it all begins in the Garden of Eden with the creation of Adam and Eve and then their eventual fall from grace. Jesus experiences deep prayer, agony and betrayal in the Garden of Gethsemane before his crucifixion. At the resurrection, Mary Magdalene is the first to see the risen Christ, but she does not recognize him, “supposing him to be the gardener” (John 20:15). Throughout Scripture, gardens are a place to encounter the mystery of God. They are places of suffering, death and most importantly, new life.

Saying all this, let me acknowledge that I do not have a naturally green thumb. I admire people who possess that gift. Regardless, I am starting to dabble in some basic gardening.

At the bishop’s residence in Joliet where I live, I have made the decision to have some large trees cut down in my backyard. The reason I am having them removed is not because I am “anti-tree.” On the contrary, I love trees. However, there are so many in my backyard, that they have created a canopy over the yard through which no sunlight can penetrate. As a result, instead of grass, my backyard is basically a plot of dirt that, when it rains, turns into a muddy mess and at worst a swamp. As we remove a few of the trees, my hope is that the sun may shine through the remaining ones and that grass, flowers and plants may return to sprout, grow and flourish.

Scripturally, Jesus reminds us that gardens need to be pruned so that they may produce fruit:  “He prunes it so that it may bear more fruit” (John 15:3). In the Catholic Church, spiritual pruning is not a negative exercise. Instead, it helps our spiritual growth by removing whatever inhibits or prevents us from growing in healthy and holy ways. Perhaps that is a good way to look at these past 40 days. Lent provides us the time to cut down and prune some things in our lives that prevent God’s light from shining on and through us. We do so, specifically during Lent, with our acts of penance, prayer and almsgiving.

Continuing this theme of gardening around my house, late last fall I planted over 50 tulip bulbs around the statue of the Blessed Virgin Mary. After I planted them, I have constantly wondered, “Did the squirrels dig them up and eat them?” “Will they blossom and what color will they be?” “Will the Blessed Mother enjoy them?” Every day, I find myself eagerly awaiting these tulips to colorfully burst through the soil.

This is an act of hope! While I still cannot see the flowers, I eagerly anticipate their arrival. We, too, wait with faith and hope to celebrate the resurrection of our Lord and savior at Easter and boldly proclaim that he is not dead. He is not still in the ground. He is risen!

The lingering question is, “Why do we spend time at garden centers and in our own gardens, planting and caring for flowers and plants?” It is partially because they are tangible signs of beauty, hope and life. As St. Alphonsus Liguori rightly noted, “When we see a beautiful garden, or a beautiful flower, let us think that there we behold a ray of the infinite beauty of God, who has given existence to that object.”

As we come to the end of this Lenten time of pruning in our own spiritual gardens, let us approach Easter with great joy and enthusiasm. In other words, with springtime hope, let us continue to search for and bask in the risen life of Christ, for he truly fills our world and lives with light, beauty and new life.

abril de 2022

La poda cuaresmal conduce a la gloria pascual

Hace poco, pasé por una gran tienda de artículos para el hogar. El centro de jardinería estaba lleno de gente comprando flores y plantas. Felizmente, suspiré y pensé: “¡Ah, la primavera está en el aire!”.

Una de mis imágenes favoritas de la Biblia es la del jardín. No sólo nos recuerda que cosechamos lo que sembramos. Pero también que todo comienza en el jardín del Edén con la creación de Adán y Eva y luego su caída de la gracia. Jesús experimenta una profunda oración, agonía y traición en el jardín de Getsemaní antes de su crucifixión. En la resurrección, María Magdalena es la primera en ver a Cristo resucitado, pero no lo reconoce, “creyendo que era el jardinero” (Juan 20,15). A lo largo de la Escritura, los jardines son un lugar de encuentro con el misterio de Dios. Son lugares de sufrimiento, de muerte y, sobre todo, de nueva vida.

Dicho todo esto, permíteme reconocer que no soy un jardinero por naturaleza. Admiro a las personas que poseen ese don. En cualquier caso, estoy empezando a incursionar en la jardinería básica.

En la residencia episcopal de Joliet, donde vivo, he tomado la decisión de hacer cortar algunos árboles grandes en mi patio trasero. La razón por la que me las quito no es porque sea “antiárbol”. Al contrario, me encantan los árboles. Sin embargo, hay tantos en mi patio, que han creado un dosel sobre el patio a través del cual no puede penetrar la luz del sol. Como resultado, en lugar de césped, mi patio trasero es básicamente una parcela de tierra que, cuando llueve, se convierte en un lodazal y, en el peor de los casos, en un pantano. Al eliminar algunos de los árboles, mi esperanza es que el sol brille a través de los que quedan y que la hierba, las flores y las plantas vuelvan a brotar, crecer y florecer.

En las Escrituras, Jesús nos recuerda que hay que podar los jardines para que produzcan frutos: “Los poda, para que den aún más [fruto]” (Juan 15,2). En la Iglesia Católica, la poda espiritual no es un ejercicio negativo. En cambio, ayuda a nuestro crecimiento espiritual eliminando lo que nos inhibe o impide crecer de forma sana y santa. Quizás sea una buena manera de ver estos últimos 40 días. La Cuaresma nos proporciona el tiempo para cortar y podar algunas cosas en nuestras vidas que impiden que la luz de Dios brille sobre y a través de nosotros. Lo hacemos, concretamente durante la Cuaresma, con nuestros actos de penitencia, oración y limosna.

Siguiendo con el tema de la jardinería en mi casa, a finales del otoño pasado planté más de 50 bulbos de tulipán alrededor de la estatua de la Santísima Virgen María. Después de plantarlas, me he preguntado constantemente: “¿Las ardillas las desenterraron y se las comieron?”. “¿Florecerán y de qué color serán?”. “¿Disfrutará la Virgen de ellos?”. Cada día, me encuentro esperando ansiosamente que estos tulipanes irrumpan con su colorido en la tierra.

¡Esto es un acto de esperanza! Aunque todavía no puedo ver las flores, espero ansiosamente su llegada. Nosotros también esperamos con fe y esperanza celebrar la resurrección de nuestro Señor y salvador en la Pascua y proclamar con valentía que no está muerto. No sigue en la tierra. ¡Ha resucitado!

La pregunta que persiste es: “¿Por qué pasamos tiempo en los centros de jardinería y en nuestros propios jardines, plantando y cuidando flores y plantas?”. En parte es porque son signos tangibles de belleza, esperanza y vida. Como señaló acertadamente San Alfonso de Ligorio: “Cuando veamos un hermoso jardín, o una bella flor, pensemos que allí contemplamos un rayo de la infinita belleza de Dios, que ha dado la existencia a ese objeto”.

Al llegar al final de este tiempo cuaresmal de poda en nuestros propios jardines espirituales, acerquémonos a la Pascua con gran alegría y entusiasmo. En otras palabras, con la esperanza de la primavera, sigamos buscando y disfrutando de la vida resucitada de Cristo, porque Él realmente llena nuestro mundo y nuestras vidas de luz, belleza y vida nueva.